


A MI PEQUEÑA GORDITA. Desde que, hace ya siete meses, nos dejara nuestra Mafaldona, tú, amada perruchina, me fuiste enseñando a ver en ti todo lo que hasta ese momento me había pasado desapercibido. Todo eso en lo que apenas había reparado. Empecé no sólo a entender perfectamente lo que quiso decir Tagore al escribir aquello de “Si lloras por no ver el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”, sino también a descubrir que, a veces, lo que en principio creémos estrellas ya son realmente soles espléndidos.Te marchaste de mi vida, pequeña perrilla, de la misma manera en que permaneciste en ella. Te marchaste en silencio, humilde, discretamente, dejándonos a tus gatos amigos (sobre todo a Lucía, la dulce cieguina) a Renato (el teckelillo compañero de estas últimas semanas) y a mí, continuar el camino mientras tú decidías abandonarlo. Habías resuelto que el tuyo finalizaba allí, sobre aquel montoncito de piedras…¿Sabes..? durante esa noche demoledora creí que no podría volver a pisar aquel lugar nunca más. Pero, ¡ya ves! apenas amaneció, teckelillo y yo volvimos allá nuevamente, buscando… ve tú a saber qué..!Y ahí permanecía aún la huella de tu adiós, al lado de una mata de “Dondiego de noche” que era casi de aquel mismo color y que, al toque de los primeros rayos de sol, comenzaba ya a cerrar firmemente sus pétalos. Observé a un par de mariposas blancas revoloteando. Parecían celebrar el estar allí, el estar juntas, el estar vivas… Y, ¿sabes? no pude por menos que imaginar que no eran sino vuestras pequeñas almas, las almas de tu añorada amiga y también la tuya... Las bellas almas de dos seres que mostraban así su dicha por haber vuelto - siete meses después - a encontrarse de nuevo y, esta vez, para no volver ya a separarse jamás. Mi pequeño compañero y yo contemplamos extasiados aquella danza embelesadora, la seguimos con la mirada hasta que aquellos seres etéreos se perdieron entre los árboles y entonces, sólo entonces, él y yo emprendimos lentamente el regreso a casa…